sábado, diciembre 12, 2015

CUANDO TU CUERPO ES MI NEGOCITO (Las ovejas de Orwell)




Un proyecto de vida no puede sustentarse sobre un proyecto de muerte. Constituiría una enorme paradoja. Tampoco mi vida debiera ser preferible a la de otros. Menos aún, la vida debiera ser un tema médico hasta convertirlo en un espacio patologizado. Por ejemplo, el embarazo. No es azar que la gente crea que un aborto legal en un hospital siempre es seguro. Primero, ¿por qué es una práctica que se circunscribe en la esfera médica?; segundo, ¿por qué se cree que es segura? Nos sobran ejemplos de mujeres que también creyeron que era segura una cirugía plástica y murieron ya sea por complicaciones en la cirugía o por el contagio de algún virus intrahospitalario. Ninguna práctica que se realice dentro de un quirófano es segura. Siempre existe la posibilidad de muerte. Además, ¿cuántos abortos puede soportar el cuerpo de una mujer?
         También hay que considerar los negociados y los papeles protagónicos de las farmacéuticas y todas las demás industrias médicas: las obras sociales, los seguros médicos, las farmacias, las droguerías, las clínicas privadas, los profesionales de la salud que atienden cien pacientes que terminan siendo anónimos, etc. Todos impulsando al aborto como espacio comercial y rentable. El cuerpo de la mujer, la vida de un ser humano, convertidos en meras atracciones de beneficios monetarios.


Imagen de Erika Lugo

         Y así como hay escuelas privadas y escuelas estatales, dos tipos de escuela tan diferentes, zonas de arraigo y perpetuación de la desigualdad social, habrá abortos legales en clínicas privadas transformadas casi en spa con profesionales de excelencia contra los abortos en hospitales públicos donde no hay ni gasas, ni higiene y, muchas veces, ni turnos, atendidos por profesionales cuyo desempeño no les alcanza para postularse en las mejores clínicas y terminan atendiendo en hospitales públicos, atención que a veces raya el maltrato. La desigualdad será tan patente como ahora, o quizás aún más exacerbada,  y las mujeres de clases empobrecidas serán las que tendrán mayor probabilidad de morir, aún atendidas en un quirófano de un hospital, por no decir la tristeza de ser mal atendidas porque no les alcanza el dinero para ir a una clínica privada. Las políticas de “hospitales para todos” es en realidad la política de clínicas privadas de excelencia para pocos. Todo esto me consta ya que mi madre murió en un hospital público como producto de mala praxis médica porque no teníamos dinero para pagar un buen médico. Mi abuela murió de la misma manera. Mi tío murió de la misma manera. Todos queremos lo mejor para nuestras vidas, pero solo unos pocos pueden acceder a ello.



No me van las políticas del después como prohibir armas en lugar de ir a la raíz del porqué el humano mata ya que las armas no matan, lo hace éste y cuando quiere matar, bien le vale de cualquier cosa. El aborto es una medida del después. Pero entiendo que los “beneficios” del aborto legal (ironía) son muchos: menos población al morir futuros humanos y, a veces, las mujeres como parte de “complicaciones” médicas, menos pobres ya que la probabilidad de morir producto de complicaciones es mayor en los hospitales públicos, aumento del trabajo al generarse clínicas que brindarían en exclusividad servicios relativos al aborto, drogas impulsadas como tratamientos relativos a aspectos negativos que pudieran generar los abortos y hasta patologías inventadas e inexistentes, nuevas ramas en las ciencias de la salud y especialidades como médico abortista y terapista abortista, nuevos servicios de las obras sociales relativos a la práctica del aborto como la contención psicológica post-aborto y un largo etcétera.

Imagen de Gregory Colbert


         El tema es complejo, como todo tema social. Hay que incluir en esto lo que Eric Fromm llamó “hedonismo radical”. Nos han vendido que es posible una felicidad extrema, duradera y que esa felicidad se sustenta en el placer. El sexo se ha consagrado en nuestra sociedad como el sitio del placer absoluto. Bien podríamos hablar horas de uno de los negocios más rentables. ¿Les suena? Como aspecto “negativo” del sexo, a veces, aparece el embarazo. Es el conocido como “embarazo no deseado”. El embarazo, una nueva vida, pasa a ser considerada como una especie de fallo, una especie de patología que un médico debe tratar, extirpando el “coagulito de sangre”, “el parásito”, “la manchita”, “el renacuajo”. Es como un tumor que creció y que nos ataca con ferocidad a tal punto que avasalla mi derecho a la vida y mi derecho a vivir la vida como se me canta, al fin “los derechos son para eso, para la libertad”, y tantas frases prefabricadas y cómodas que nos han metido desde la cuna.
         El placer es egoísta,  individual e  incompartible con otro. El otro puede estar a mi lado pero es el objeto por el cual me llega el placer, una necesidad que muerde con diente de acero todo el tiempo, la felicidad corta de apoderarme de ese objeto que me da felicidad y al instante, el vacío de la felicidad fugada, perdida, la búsqueda desesperada de una nueva felicidad de mano de un placer satisfecho jamás por completo. Es una vida impulsada hacia adelante tan solo por la infelicidad persistente pero creyendo que la felicidad es posible. Y la felicidad es un derecho, así se dice: “todos tenemos derecho a ser felices”. Entonces, todos tenemos derecho a hacer lo que sea necesario para llegar a esa felicidad vía el placer, incluso usar al otro como un objeto o trampolín. Yo soy el núcleo de todo este universo y allí, orbitando a mí alrededor, la potencial, siempre potencial, felicidad.
         Y si hablamos de placer, los hay extremos, descontrolados, siempre punzantes, las necesidades que no aflojan nunca, que nos impulsan siempre como muñecos de cuerda perpetua a saciar la sed a diario; hablamos también de los actos de violación donde la necesidad sexual, sexualidad exacerbada en esta sociedad donde el placer infinito es la meta de todos, impulsa a alguien a violar a otro, a someterlo para sentir placer a través del sexo, empaquetado y vendido como sitio de placer supremo. Puede suceder, así vienen las almas al mundo, que la mujer resulte embarazada. He escuchado hablar de “ella tiene derecho a abortar porque la violaron”, “y bueno, ella mató a su hijo de cinco años porque fue de una violación, está bien, tenía derecho a liberarse para vivir su vida”. Algunos de estos dichos provienen de científicos sociales hablando en cafés públicos. En este caso el aborto también es una práctica del después. Qué diferente sería si vamos a la raíz del tema y analizamos el porqué en esta sociedad algunos violan, ¿qué los impulsa a violar?, ¿qué los impulsa a sentir esa necesidad de placer infinita y atacar y violar a un otro considerado solo como un objeto?, ¿qué impulsa al ser humano a la humillación?, ¿por qué no podemos ejercitar la compasión como energía que muevea a nuestros actos?, ¿por qué quien es concebido como un acto de violación se impregna del agresor como si su moralidad o “enfermedad” fuera contagiosa o se portarse en los genes?, ¿por qué esta sociedad genera tantos individuos que terminan siendo catalogados de “enfermos”? Si fuésemos a la raíz del problema, se evitaría: que la mujer fuera violada, que la mujer quizás muera en una práctica de aborto en una clínica, que un ser humano sea asesinado cercenándole su vida, la paradoja de que la vida de uno se sostiene con la muerte de otro o que el placer de uno es el horror de otro.

Si todos tuviéramos la información adecuada y los medios anticonceptivos de manera gratuita,  también se evitarían las parejas separadas por conflictos relativos al aborto o no aborto, la muerte de las jóvenes que deciden someterse a abortos realizados en un campito con una aguja de tejer, a la muerte de las jóvenes producto de abortos llevados a cabo en una clínica médica, a la muerte de esos individuos que se les negó la posibilidad a vivir, a tomar la decisión de matar, a cargar toda la vida con el rostro de ese hijo que no fue más que un amasijo de órganos arrojados sobre la tierra o en un tacho de basura, los bebés que son metidos en bolsas de nylon y arrojados a la vía pública, los niños que son muertos por sus madres porque sintieron que las obligaron a serlo.

         ¿Y qué podemos decir de la responsabilidad de nuestros actos? ¿De hacernos responsables de las consecuencias de lo que hacemos? No somos entes arrastrados con el instinto de un zombie que camina hacia  un cerebro con los brazos extendidos. No somos niños. Somos nuestros actos, nos definen como personas, construyen nuestra experiencia, moldean nuestra vida. Debemos pensar, sopesar, elegir y responsabilizarnos. Nadie nos empuja. Es producto de nuestra elección. 



Nuestra moral no ha ido avanzando a la par de la industria médica, menos de todos los adelantos tecnológicos. Lo dicen los negocios armados en torno al trasplante de órganos, lo dicen las personas que mueren por no poder pagar un tratamiento médico mientras se habla de un “derecho a la vida”, derecho que se enuncia pero no se ejercita, y hasta se compra y se vende. No estamos preparados moralmente para sostener este tema con el respeto que se merece. A los humanos nos falta crecer en compasión y en bondad.
A su vez si hay algo que nos caracteriza es la ignorancia y la soberbia. Ignorancia que deviene de nuestros sentidos limitados y de un cerebro que, inspirada en Galápagos de Vonegut, digo que se ha hecho demasiado grande tan solo para albergar demasiada estupidez. No sabemos si tenemos alma, si reencarnamos, si el alma no está en el primer minuto de la concepción, si hay karma, si somos hijos de un deidad, si esto es el infierno, si la vida es divina y sagrada, qué es aquello que nos hace únicos, si esa vida cercenada con un aborto no venía al mundo a cumplir un destino fundamental para toda la humanidad, entre tantas dudas que jamás serán resueltas. Y digo que somos soberbios porque creemos que tenemos todas las respuestas.

Imagen de Gregoy Colbert


Pensemos en todo esto y en la vida. En qué diferente sería nuestra vida si miramos hacia los espacios del antes, hacia las raíces de los asuntos y no implementamos actos para el después, para lavar la desesperación, para cuando ya es tarde.   



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