lunes, julio 13, 2015

Molloy - Samuel Becket (mi lectura)

NO SOPORTARÉ SER UN HOMBRE



Título: Molloy
Autor: Samuel Beckett
Año: 2006
Editorial: Alianza - Lumen
Páginas: 246
Isbn: 9788420660660
Título original: Molloy Samuel Beckett, 1951


Primera de las novelas de la gran trilogía que completan «Malone muere» y «El innombrable», «Molloy» constituye el punto de arranque de la etapa iniciada por Samuel Beckett (1906-1989) tras la Segunda Guerra Mundial, caracterizada por el abandono del inglés en favor del francés como lengua literaria y el ahondamiento de la visión trágica del mundo contemporáneo a través de imágenes en las que lo grotesco sirve para potenciar al máximo el patetismo y desolación de la vida humana. La enajenación, la soledad, la falta de identidad y el anonimato condenan a los personajes del novelista irlandés a una lucha sin sentido con su propia existencia, para la que ni siquiera la aniquilación final de la muerte constituye ya una esperanza.



Esta novela fue escrita en francés y publicada por primera vez en 1951. Pertenece a la trilogía compuesta, según orden de lectura: Molloy, Malone muere y El innombrable. La obra es considerada una de las piezas literarias más importantes del siglo XX.




SOBRE EL AUTOR


-Nació el 13 de abril de 1903, en  Irlanda
-Su primera novela fue rechazada más de veinte veces
-Recibió el novel en 1969
-Figura clave del teatro del absurdo, experimentalismo y modernismo inglés
-Decidió no escribir más en inglés.
-Asistente y discípulo de James Joyce
-Ha dicho:
·Sobre su niñez: “Yo tenía escaso talento para la felicidad”
· Sobre la vejez: “El ser no deja de arder cuando el cuerpo huye”
· Sobre la escritura: “Todo ocurría entre la mano y la página”, “La escritura me ha llevado al silencio”.

                 
NOVELA PARA ANALIZAR

-La condición humana
-La vida en la ciudad
-La oposición naturaleza-ciudad
-El abandono
-La vejez
-Monólogo interior




Estoy en el cuarto de mi madre. Ahora soy yo quien vive aquí. No recuerdo cómo llegué. En una ambulancia, en todo caso en un vehículo. Me ayudaron. Yo solo no habría llegado nunca. Quizá estoy aquí gracias a este hombre que viene cada semana. Aunque él lo niega. Me da un poco de dinero y se lleva los papeles. Tantos papeles, tanto dinero. Sí, ahora vuelvo a trabajar, un poco como antes, solo que ya no me acuerdo de cómo se trabaja. Tampoco parece que eso tenga mucha importancia. A mí lo que ahora me gustaría es hablar de las cosas que aún me quedan, despedirme, terminar de morirme de una vez. No me dejan. Si, parece que son varios. Pero siempre viene el mismo. «Más tarde, más tarde», me dice. Bueno. La verdad es que mucha voluntad ya no me queda. Cuando viene a recoger los nuevos papeles trae los de la semana anterior. Vienen señalados con signos que no comprendo. Tampoco me tomo la molestia de releerlos. Y cuando no he hecho nada, no me da nada y gruñe un poco. Pero no trabajo por dinero. ¿Por qué trabajo? No lo sé. No sé gran cosa, si he de ser franco. La muerte de mi madre, por ejemplo. ¿Había muerto ya cuando llegué? ¿O murió más tarde? Muerta para enterrarla, quiero decir. No lo sé. A lo mejor no la han enterrado todavía. Sea como sea, soy yo el que estoy en su cuarto. Duermo en su cama. Uso su orinal. He ocupado su lugar.







La novela se centra en dos personajes que aparecen en momentos distintos: Molloy y Moran. Ellos, mediante un monólogo interior, narran sus búsquedas y se enfrentan a los obstáculos de la erosión física, de la enfermedad y del abandono; comparten ciertos  paralelismos como la relación violenta y triste con la familia, la inserción en un ambiente agreste vivido como espacio de plenitud y de ruina. Es la naturaleza la que los aproxima al deterioro físico, los enfrenta a la muerte y al desafío de la supervivencia. La sociedad también se torna un espacio ajeno. Un aspecto que transita toda la obra es la decrepitud del cuerpo expuesto al sufrimiento y a la miseria, envejeciendo de manera prematura, transformándose en un mapa en el cual es posible leer los infortunios, el consumo del tiempo en detalles minúsculos, el sometimiento de un cuerpo a la carestía.


Y al tener solo un ojo en buen estado, no distinguía muy bien la distancia que me separaba del otro mundo, y a menudo alargaba la mano hacia cosas que se hallaban a todas luces fuera de su alcance, y a menudo me golpeaba contra objetos sólidos apenas visibles en el horizonte.

         En la novela no figura la exaltación romántica de la naturaleza sino la existencia cruda, símil al resto de las especies. No es un retorno al buen salvaje, ni tampoco hoy puede leerse como una fascinación new age; es la existencia pura, cruel, es el sometimiento al desgaste como producto del tiempo.


Y aquella noche no se trataba de Luna, ni de otra clase de luz, sino que fue una noche de escucha, dedicada a los imperceptibles rumores y susurros que agitan los jardines de las quintas de recreo durante la noche, formados del tímido coloquio de las hojas y los pétalos y el aire, que circula allí de modo distinto, más concentrado que en otros lugares, y de modo distinto también que durante el día, que permite vigilancias y estragos, y formados también de algo indefinible, que no es ni el aíre ni lo que mueve.


Ni una persona de cada cien sabe callarse y escuchar, ni siquiera lo que eso significa. Y sin embargo es entonces cuando se distingue, más allá del estrépito absurdo, el silencio de que está formado el Universo.

Otro aspecto a resaltar es el caos que deviene ante la pérdida de las costumbres, de las rutinas, de toda esa posible vida que es negada cada vez que vivimos solo una. Pero esa vida, incluso, los aproxima a una condición inhumana, hasta dejar de ser hombre. 









 Las instituciones aparecen ridiculizadas: la policía que detiene a Molloy por una falta inexistente, una asistenta social le ofrece comida en un gesto caritativo, el pedido a un agente de un informe como parte de un sistema burocrático, el rol de los sacerdotes y los fieles con la comunidad religiosa y hasta el mismo dios en su crueldad hacia sus criaturas. En este sentido, junto con la búsqueda permanente y la fatalidad, me recordaron a mi lectura del Castillo de  Kafka, en la sensación de imposibilidad, de quebradura, en ese intento desesperado del protagonista por alcanzar aquello que se aleja y se bloquea, que se vuelve inaccesible y hasta invisible.

Voy a advertiros de una cosa: cuando las asistentes sociales os ofrecen graciosamente una bazofia como para ni mirarla, lo cual en ellas constituye una obsesión, es inútil mostrarse recalcitrante. Os perseguirían hasta los confines de la Tierra blandiendo su vomitivo. Las del Ejército de Salvación no están mucho mejor. No, realmente no conozco defensa alguna contra el gesto caritativo.

Hay que inclinar la cabeza, tendiendo las manos confusas y temblorosas, y decir gracias, señora; gracias, buena señora. El que no tiene nada, no tiene derecho a despreciar la mierda.



Leí varios análisis de la obra luego de terminar mi lectura, como hago siempre, y me llamó la atención que dicen que es una obra sin trama, donde no pasa nada. Sentí que era justo lo contrario, que pasaba mucho, que eran dos personajes que buscaban a alguien y que los obstáculos los alejaban, los desintegraban. Además, en algunos comentarios expresaban que ciertos pasajes eran cómicos. Yo no me reí ni en una página sino que me sentí muy conmovida, hasta triste. Pero sí hay un dejo de ironía en ciertas frases, pero una ironía muy sutil.
Me impactó cómo el autor construye a los personajes dotándolos de una voz peculiar. La forma de adentrarnos en el sufrimiento, en hacernos sentir las dificultades de los personajes como a la que se enfrenta Molloy para dar dos pasos. Unos personajes complejos, construidos a partir de detalles durante páginas y páginas, con meticulosidad como cuando Molloy organiza la forma de rotar unas piedras en los bolsillos. Además, estos personajes logran, ante el alejamiento progresivo de la realidad y la sociedad, un grado tal de lucidez que les permite replantearse situaciones como la muerte, la fugacidad, la vida.

En lo que a mí respecta, siempre he preferido la esclavitud a la muerte, o mejor dicho, a la ejecución. Porque la muerte es una condición de la que nunca he podido formarme una representación satisfactoria y que, por tanto, no puede figurar legítimamente en el balance de los males y los bienes.


A veces, le hablan a un lector, a quien parece están dirigidas las páginas que el protagonista escribe. Somos los destinatarios y los testigos de sus existencias.

Todo es fastidioso en ese relato que se me ha impuesto. Pero iré dando cuenta de él a mi gusto, hasta cierto punto. Y si no tiene la fortuna de agradar a quien me lo encargó, si le parece que contiene pasajes desagradables para él y para sus asociados, tanto peor para todos nosotros, para todos ellos, porque lo que es para mí ya no hay peor posible.


A veces parece que escriba para el público.

El mundo donde transitan Molloy y Moran es el resultado de la fantasía y la realidad, de la contradicción de la lluvia y la no lluvia, del anclaje vía el sufrimiento y la pulverización, de aquello que es persiste aún en lo elidido.


         ¿Cuántos Molloy hay hoy en mi ciudad?
        
El libro me gustó muchísimo. Subrayé frases casi en cada página. Me llevó más tiempo que otras novelas porque avancé con lentitud, deteniéndome en algunos pasajes. Seguiré leyendo las dos obras que completan la trilogía y al autor. Lo recomiendo.

 By Keren Verna




Fuentes de imágenes e info: X - X - X - X - 

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